Así como Europa saborea su problema migratorio, República Dominicana tiene sus propios demonios con la inmigración extranjera. Ceuta y Melilla son dos ciudades españolas autónomas en la costa de África que, hacen frontera física con Marruecos; esto permite que los migrantes marroquíes inunden a España de norte a sur y de este a oeste.
Todas las personas que leen las noticias no condicionadas del mundo, conocen que el mar Mediterráneo es un gran cementerio, donde los naufragios de frágiles embarcaciones producen con frecuencia cientos de víctimas humanas, principalmente africanos que, por múltiples razones huyen de sus lugares de origen.
En la República Dominicana, en el siglo pasado gobernó por 22 años el estadista Dr. Joaquín Balaguer Ricardo; durante sus primeros mandatos, el presidente Balaguer firmó con el vecino país, acuerdos de contrataciones de braceros haitianos, para el corte de la caña en los ingenios estatales; en Haití gobernaba, para ese tiempo Francois Duvalier, doctor en medicina, de ahí el apodo de Papa Doc.
Los braceros haitianos, eran traídos al territorio dominicano por camiones del Consejo Estatal del Azúcar, con el compromiso de llevarlos a sus lugares de origen, cuando terminara la zafra azucarera; si bien los términos del acuerdo parecían claros, en la práctica, se daban algunos escollos que contradecían la fiabilidad total de los términos.
¿Quién podía confiar en que las cifras de braceros que llegaban a los ingenios, eran las mismas que retornaban? ¿Qué impedía que funcionarios y finqueros, amigos de administradores de ingenios, reclutaran una parte de los trabajadores para usarlos en sus propiedades?
Si existieran estadísticas claras de aquella época, estuviéramos bien edificados de los porcentajes de personas no retornadas a Haití en ese tiempo; pero, además conseguimos que los haitianos, recordaron el camino a una tierra donde se vive con mucho menos penurias que en la suya; camino que ya conocían con anterioridad, hasta que llegó la orden del “Corte” con aquel dictamen de Trujillo en 1937.
Ahora bien, ¿Por qué la inmigración haitiana en las 3 décadas posteriores a la muerte de Rafael L Trujillo, no se veía como un peligro? Pues, porque en Haití existía estabilidad política; allí gobernaban con mano de hierro los Duvaliers; quiénes al margen de sus métodos dictatoriales, mantenían al país con estabilidad institucional y política.
Las consideraciones de como Haití llegó al caos que vive en la actualidad, luego de la caída de Jean Claude Duvalier en 1986, son harinas de otro costal, pero ya en el período de los últimos 10 años del presidente Balaguer, había organismos internacionales planteándole la posibilidad de tener campos de refugiados haitianos en el territorio dominicano.
Esos campos de refugiados, nunca han sido aceptados por ningún gobernante dominicano; pero en sus políticas laxas con respecto a la inmigración de la vecina nación, se han permitido la creación de guetos haitianos en diferentes regiones de nuestro país; Friusa es solo uno de ellos.
Una de las ventajas del “democratismo” que, se ha instalado en el mundo por las redes sociales, es lo que significó el intelectual italiano Humberto Eco, “las redes sociales han venido a dar voz a los idiotas”.
¿Cómo puede afirmar un sociólogo que, la movilidad social del dominicano, ha dejado espacio a los inmigrantes haitianos? Y entonces, ¿Quiénes han engrosado los cinturones de miseria de nuestras ciudades?
Si bien en República Dominicana hemos tenido alguna movilidad social, como consecuencia del crecimiento económico reconocido y pregonado en los últimos 50 años, el fenómeno de la alta mano de obra haitiana en los diferentes escenarios de la economía dominicana, no está relacionado con esta movilidad social.
Está relacionado con el detrimento de las condiciones materiales de existencia del sujeto social al cual sustituye esta mano de obra haitiana, y por las condiciones ilegales en que es contratada esta mano de obra, que garantiza el pago de muy bajos salarios a los empleadores.
¿Por qué decimos esto? Porque la movilización de los campesinos y de gente del interior del país a las ciudades, no significa ascenso social; en el 85% de los casos, significa arrabalización; cuando un pobre campesino se muda a vivir a un cinturón de miseria de cualquier ciudad, cambia a existir en condiciones peores que las que tenía en su lugar de origen; lugar en el cual, producía lo que necesitaba para vivir, y ahora en la ciudad tiene que pagar por todo.
Friusa es parte del pasivo social asentado en nuestros cinturones de miseria, creado por la iniquidad de la explotación laboral y la irresponsabilidad gubernamental en su rol social; este pasivo social, extenso a todo lo largo y lo ancho de nuestro país, también se manifiesta en la inmigración haitiana descontrolada y permitida por gobiernos cómplices con un empresariado voraz.
Este gobierno, se comprometió en campaña a resolver el problema migratorio en sus primeros 2 años, está camino a su quinto año y el problema empeora; pero, esta promesa, aunque es la más delicada, no es la única incumplida… ¡hay cientos que nunca cumplirá!